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12 AÑOS SIN JAIME GARZÓN Un aniversario más se cumple del crimen del versátil humorista que aprendió y enseñó a los colombianos a reírse de sus propias desgracias. Un recuerdo para muchos, un descubrimiento para otros y una vigente ‘voz de la conciencia’ nacional para todos. En él
eran las mil y un caras que hablaban de otras mil realidades que terminaban
siendo una sola: la que vive Colombia. A través de los personajes
de Jaime Garzón, él mismo se convirtió en un símbolo de un país –varias
veces catalogado como el más feliz del mundo- que vive riéndose de
sus propios problemas. Hasta que quisieron callarlo un 13 de agosto
de 1999, hace exactamente 12 años.
Ver
hoy los monólogos grabados hace más de una década de Néstor Elí, Dioselina
Tibaná, John Lenin, Emerson de Francisco en el programa de televisión
‘Quack, el noticero’ o las impertinentes entrevistas del lustrabotas
Heriberto de la Calle, no es propiamente de un viaje en el tiempo:
Garzón sigue vigente.
Otra ‘perla’ fue cuando el proceso 8.000 estaba en uno de sus puntos críticos y se barajaba la posibilidad de que el presidente Samper renunciara a su cargo, Garzón dijo: “hay que rodear al Presidente… para que no se escape”. Acerca de él uno de sus amigos, el periodista Eduardo Arias manifesto que Garzón “se burlaba del poder, es cierto, pero también se burlaba de su figura, de su torpeza, de sus carencias afectivas. Y así se ganaba el cariño de la gente. Era dueño de un espíritu entrador, propio de los grandes conversadores que saben cautivar una audiencia por su capacidad de llevar a extremos delirantes hasta las situaciones más anodinas de la vida”. Cuando se transformaba en Heriberto de la Calle, recuerda Francisco Ortiz, “Garzón comentaba, muerto de la risa que, dadas las condiciones económicas por las que atravesaba, él era el único colombiano que tenía que quitarse los dientes para poder comer”. Tenía fama de conflictivo, pero lo era con quienes estaban a su nivel o por encima de él. Con sus colaboradores y subalternos, por el contrario, era generoso, amable y respetuoso. Garzón
fue más que la imagen del humorista irreverente, cosa de la cual varios
gustan posar. Tras él estaba la ambición no de triunfar como estrella
de la televisión, sino contribuir en la construcción de un país capaz
de oírse a sí mismo, a dialogar, un país más tolerante. Por eso, su muerte fue mucho más grave y dolorosa. Porque con Garzón no sólo se fue un gran humorista y un ser humano lleno de matices sino también un modelo a seguir en un país que necesita ejemplos concretos de diálogo y tolerancia.
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